Un amor negado, pero sentido… Un lamento ahogado, silencio agrio… Mañana será una nueva era… Una fecha marcada… Otra que le sucede… La batalla suenan cuernos de retirada… ¿Adiós?
Una carta finiquita, la duda crece y se hace realidad… Dolores… ¿Escribir? Hasta el bolígrafo parece no querer seguir… ¿El fin? El día esperado ha llegado.
Latidos en lo más profundo… El corazón gime, arraigado por las entrañas que se estremecen… Ese dolor… Viejo amigo de las noches tristes… ¿Has vuelto? Y esta vez, yo te he llamado…
Tony
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sábado, 27 de noviembre de 2010
martes, 9 de noviembre de 2010
En la oscuridad.
Corría y corría en la oscuridad... Las farolas no alumbraban, la luna se escondía bajo un manto de nubes temblorosa... No quería ver el esperpento que tenía lugar...
Mi circulación sanguínea estaba disparada, mis poros faciales disparaban con prisa sudor... Un sudor frío... El cual daba más frialdad a la escena...
Estaba solo, corriendo por lo que parecía ser una calleja sin mucha importancia turística ni urbana, puesto que estaba compuesta por pequeñas casas viejas, sobre un asfalto poco cuidado y maltratado con coches aparcados lateralmente encima de la misma.
Mi correr rebotaba sobre las paredes, mi latir me retumbaba mi cerebro, mi nerviosismo era tal que no recordaba ni siquiera cuanto tiempo llevaba corriendo, ni porqué acabé así... Maldita mi existencia...
Escalofríos recorren mi espalda, mis bellos de punta, recalcaban mi terror... El horror me perseguía y no podía parar... Solo callejear de izquierda a derecha por este laberinto sinuoso... Esperando salir del barrio y no encontrarme con un muro que marque mi final... O más de lo que me seguía me corte el paso...
Grito... Grito en la noche... Pidiendo socorro, suplicando clemencia para mi cuerpo, cansado y horrorizado... Suplico un refugio sumergido en lágrimas... Sin embargo nadie aparece, nadie me abre una puerta o me tiende una mano... Solo... Corría en la oscuridad...
Mis piernas se resentían... Mi velocidad bajaba lentamente, cada vez están más cerca... Sentía ese dolor en el lateral, los gemelos sobrecargados y mis rodillas flaqueaban intentando tocar tierra para pedir un momento de tranquilidad. No me lo podía permitir... ¿Valdría la pena tanto esfuerzo?
La angustia me anudaba la garganta, ya no podía emitir ni un sonido, casi tropiezo con un boquete, cosa que me facilitó en parte para un nuevo giro...
Ya apenas veía nada, la negrura era absoluta... Solo escuchaba y sentía... Escuchaba lamentos de horror a mis espaldas... Mi latido... Mi respiración... Y el silencio...
De pronto, choqué... Me dí con todas mi poderío contra algo liso... ¡Una pared! Era mi fin...
Me quedé con los ojos cerrados, aunque no viese no iba a sentir dolor y estaba aterrado... Olí el hedor de la muerte...
Pisadas a mi alrededor... Cuerpos fríos se tumbaron junto a mí... Dolor que me desgarraba la piel... A punto de mi ultimo suspiro escuche crujidos que me indicaban que habían llegado a mis huesos rápidamente...
Tony
NOTA: Obra protegida.
Mi circulación sanguínea estaba disparada, mis poros faciales disparaban con prisa sudor... Un sudor frío... El cual daba más frialdad a la escena...
Estaba solo, corriendo por lo que parecía ser una calleja sin mucha importancia turística ni urbana, puesto que estaba compuesta por pequeñas casas viejas, sobre un asfalto poco cuidado y maltratado con coches aparcados lateralmente encima de la misma.
Mi correr rebotaba sobre las paredes, mi latir me retumbaba mi cerebro, mi nerviosismo era tal que no recordaba ni siquiera cuanto tiempo llevaba corriendo, ni porqué acabé así... Maldita mi existencia...
Escalofríos recorren mi espalda, mis bellos de punta, recalcaban mi terror... El horror me perseguía y no podía parar... Solo callejear de izquierda a derecha por este laberinto sinuoso... Esperando salir del barrio y no encontrarme con un muro que marque mi final... O más de lo que me seguía me corte el paso...
Grito... Grito en la noche... Pidiendo socorro, suplicando clemencia para mi cuerpo, cansado y horrorizado... Suplico un refugio sumergido en lágrimas... Sin embargo nadie aparece, nadie me abre una puerta o me tiende una mano... Solo... Corría en la oscuridad...
Mis piernas se resentían... Mi velocidad bajaba lentamente, cada vez están más cerca... Sentía ese dolor en el lateral, los gemelos sobrecargados y mis rodillas flaqueaban intentando tocar tierra para pedir un momento de tranquilidad. No me lo podía permitir... ¿Valdría la pena tanto esfuerzo?
La angustia me anudaba la garganta, ya no podía emitir ni un sonido, casi tropiezo con un boquete, cosa que me facilitó en parte para un nuevo giro...
Ya apenas veía nada, la negrura era absoluta... Solo escuchaba y sentía... Escuchaba lamentos de horror a mis espaldas... Mi latido... Mi respiración... Y el silencio...
De pronto, choqué... Me dí con todas mi poderío contra algo liso... ¡Una pared! Era mi fin...
Me quedé con los ojos cerrados, aunque no viese no iba a sentir dolor y estaba aterrado... Olí el hedor de la muerte...
Pisadas a mi alrededor... Cuerpos fríos se tumbaron junto a mí... Dolor que me desgarraba la piel... A punto de mi ultimo suspiro escuche crujidos que me indicaban que habían llegado a mis huesos rápidamente...
Tony
NOTA: Obra protegida.
miércoles, 13 de octubre de 2010
El banco
"Era una tarde algo nublada, pero el sol se mostraba aún por completo.
La gente transcurría sin prisas por la calle envuelta en sus pensamientos, sin importarles nada de lo que ocurría a su alrededor.
Luís esperaba impaciente, sentando en el banco de un pequeño parque, a su dueña. Él, entrecruzando los dedos blanquecinos de sus manos, apoyados sobre su ancho pantalón verde, rezaba para que apareciese ella. A su vera, un paquete envuelto permanecía a la espera de ser abierto.
En un banco posterior, dos ancianos hablaban del paso del tiempo con unas sonrisas esbozadas en sus lábios secos. Uno de ellos mostraba al otro un viejo gorro vaquero, que por lo visto había estado presente en unos momentos felices para ellos.

El chico entretanto, observaba una fuente que se encontraba enfrente suya. Admiraba el detallismo del autor al recrear la imagen en piedra. Una mujer sentada en una silla sostenía una balanza, de las cuales emanaba agua. Esta, caía sobre un recipiente y desaparecía por la rendija, volviendo a empezar el recorrido.
Sudoroso el joven, se quitó su sudadera negra, dejando paso a una camiseta de mangas largas amarillenta. El tiempo pasaba y su musa seguía sin hacer acto de presencia.
Cierto era que la esperanza podía más que la lógica, ya que su corazón anhelaba verla una vez mas. Quería volver a tenerla entre sus brazos y no separarse de ella jamás. Volver a caminar juntos por aquellos parajes urbános, que tantos recuerdos le traía a la cabeza. Pasar juntos tardes en el sofá de su casa acurrucados ella sobre él.
Pero por desgracia, todo eso acabó, aunque haría lo que fuera para que todo volviera a la normalidad.
La esperanza dio paso al miedo. Habían quedado a las siete, sin embargo, ya eran las ocho.
El sol apenas hacia acto de presencia, pues estaba totalmente oculto. Por otro lado, las nubes baticinaban una noche fría, corroborado por un aire manifestado por el moviento de las ojas de los árboles que rodeaban al recinto.
Luís no podía estar mas tiempo sentado, así que levantándose, se puso a dar vueltas con la sudadera cargada en el hombro. Pasó por el lado de los ancianos y por el tercer y último banco de aquél parque.
Tembloroso por lo peor que le podía pasar y por el incesante soplar del viento, se puso nuevamente su sudadera oscura y se volvió a sentar en el banco.
Pocos segundos después de eso, casi eran las nueve, su móvil empezó a sonar, avisando de la recepción de un mensaje.
Fue este momento el que inició el principio del fin. La lectura de dicho SMS, dio paso a las lágrimas y al dolor.
El texto expresaba la negación de ella por aparecer y por volver al pasado, dejandole a él solo.
Lo primero que sintió fue un dolor del pecho que emaba rápidamente y se expandía con fuerza por todo su cuerpo, torturándole hasta los poros de la piel.
En ese momento, sus sentidos se reducieron en dirección al teléfono, quedando todo lo demás en un mundo aparte. El ruido de los coches y las risas de los dos hombres se alejaban de sus oídos quedando finalmente enmudecidos. Parecía que su cuerpo dejaba de funcionar por un instante.
Su corazón parecía estar gritando de dolor, pues las palpitaciones eran tan poderosas y aceleradas, que parecía que se le saldría el órgano del pecho en cualquier momento.
Todo lo que antes le daba placer ahora le daba dolor. Un dolor que le corroía por dentro, causandole una sensación que no se lo desearía a ningún ser viviente.
En esos momentos de desesperación, se tapó sus lagrimosos ojos y deseó ser como la mujer de la fuente, un ser duro y gélido de piedra, para así no padecer mas esta condena.
Del llanto del muchacho, los viejos tornaron sus miradas hacia él sintiendo lástima por lo que estaba ocurriéndole, pero como siempre pasaba en esta sociedad, no hicieron nada más que mirar.
Por otra parte, Luís no pudo levantarse del banco en horas, cuando en el cielo las estrellas empezaron a alumbrar y la única farola del parque se encendió, entonces pudo hacerlo.
Andó con desgana y lentitud por las solitarias y vacías calles de la perifería, dándole lugar el casco antiguo.
Por esas aceras, si había muchísima mas gente, pero aún así se sentía solo. Sus sentimientos no se colmarían con ninguna cosa, a excepción de su dueña, la cual ahora le rechazaba.
Ya apenas recordaba sus besos, lo que era sentirse acompañado por ella o simplemente el olor que impregnaba su piel, no su perfume, sino su piel. Deseaba cruzar miradas con ella y que le dedicara una sonrisa, pero ya no se podía.
Absorto por sus pensamientos y recuerdos, al girar esquina para entrar en su calle, por causas del destino, se la encontró.
Sus pies se transformaron en plomo y no pudieron moverse mas, sus piernas eran dos trapos apuntos de desplomarse, a su vez, su corazón parecía apunto de romperse en mil pedazos contra el duro suelo.
Sin mediar palabras y sin mirarle, pasó de largo, dejándole aún plantado en el sitio.
Al igual que ella desaparecía por el fondo de la calle, desaparecía su vida.
Junto con el viento que aún soplaba, su alma deseaba esfumarse con el, dejando a su cuerpo vacío e inerte.
Sus sentimientos se quedaron en aquél banco, donde ella y él se unieron un año atrás, envuelto en un papel, esperando a ser desenvuelto y entregado en forma de rosa."Tony
Espero que os guste :) Dejen comentarios por favor.
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NOTA: La encuesta trata sobre los abucheos a Zapatero en el día de la hispanidad. ¿Que opinan ustedes?
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NOTICIA: El próximo "Duelo Cultural" será Rafael Alberti Vs Federíco García Lorca.
martes, 31 de agosto de 2010
La Mecedora
Me siento en una mecedora, donde la cual juego y juego durante horas… No tengo preocupaciones, tan solo disfrutar cuanto pueda con esa mecedora y mi imaginación. Pienso que es un barco que se hunde, un columpio que me lleva al infinito. Me mezo durante meses, sin descanso.El sol hace acto de presencia al atravesar con su rayo de luz, la mecedora me hace compañía en mis tardes vacías. Tan solo nos vemos en días complejos, pues mi mundo ya no gira a su alrededor. Expando mis fronteras, recorriendo las aceras cercanas a mi hogar. Disfruto de mis primeros balones, compañías y riñas. Pero por las noches cuando mi cuerpo se desploma, siempre es ella la que me aguanta.
La luna me sonríe con una sonrisa blanca, la cual ilumina el rostro de una bella flor. Ya no solo interesa el juego de la diversión, sino que se compagina con las apuestas por la pasión. La mecedora marca el ritmo de nuestra explosión. Ella es testigo de mis descubrimientos.
Las estrellas dan lugar a la madrugada, sentado en mi mecedora paso horas atrapado en folios. “La vida se me escapa”, pienso enfadado. Pero aún así lucho para abrirme paso a un nuevo mundo. Cuando me duermo, la mecedora se mueve para espabilarme. Son tiempos muy angustiosos, pero no he de perecer. Anonadado tras pantallas, comunicándome con seres queridos, o tras la misión de un juego. Aún así, el tiempo corre.
El alba, da lugar a otro amanecer. Casa, vida, familia nueva. La mecedora envejece, al igual que tu cuerpo. Pero aún tienes que luchar por nuevos ideales. Un trabajo, unos deberes, unas obligaciones que no terminan, y la misma vida. Pero por las noches cuando tu espalda adolezca, siempre estará esa mecedora para que no perezca.
El anochecer, un día que se termina. Ya sin apoyo no caminas. Pasas el día casi siempre sentado, meciéndote en aquella mecedora, que al moverse cruje desgastada. Vaya broma, todo parece acabar donde empezó. El crepúsculo de tu vida, los deberes ya están hechos. Tan solo queda descansar y recordar todo lo vivido. Meciéndote poco a poco, un niño que jugueteaba, un chaval que descubría, un joven que maduraba, y un hombre que envejecía… El crujir incesante se iba deteniendo… Aflojaba… Cesaba… Se paró…
Tony
sábado, 21 de agosto de 2010
El comienzo del adiós
Paseando por esta calle silenciosa, mirada triste fija al frente. Mientras a mí alrededor hojas secas salen revoloteadas por los primeros aires fríos.
Y es curioso, ya que nunca pensaría que esa misma calle fuese testigo de esta situación. Ya que meses antes, estos sitios eran lugares muy vivos; lugares donde ella y yo paseábamos alegremente pensando que nada acabaría.
Donde estrechamos por primera vez nuestras manos, sonrientes como dos niños. Y mágica noche fue cuando por fin rocé tus suaves labios con ternura.
Ese comienzo dio lugar a una relación madura con sus ventajas e inconvenientes, pues el mundo es traicionero y cruel; entretanto tú la tintabas de paz y esperanza, con tus hermosos ojos y tu dulce voz.
“Pero nada es para siempre” perpetuamente le decía, ya que ella lugareña y yo un simple pasajero del estío, el cual siempre me conducía a tu ciudad.
Un largo tiempo nos volverá a separar, ya que tardaré en volver a abrazar ese cuerpo tuyo de musa de antologías.
Por eso, aquí me tienes tomando el último autobús para marchar, viéndote llorar al fondo de esa calle; la cual vio nacer un amor y un trimestre después, el comienzo del adiós…
Tony

El comienzo del adiós by Antonio Simón Jiménez is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License.
Y es curioso, ya que nunca pensaría que esa misma calle fuese testigo de esta situación. Ya que meses antes, estos sitios eran lugares muy vivos; lugares donde ella y yo paseábamos alegremente pensando que nada acabaría.
Donde estrechamos por primera vez nuestras manos, sonrientes como dos niños. Y mágica noche fue cuando por fin rocé tus suaves labios con ternura.
Ese comienzo dio lugar a una relación madura con sus ventajas e inconvenientes, pues el mundo es traicionero y cruel; entretanto tú la tintabas de paz y esperanza, con tus hermosos ojos y tu dulce voz.
“Pero nada es para siempre” perpetuamente le decía, ya que ella lugareña y yo un simple pasajero del estío, el cual siempre me conducía a tu ciudad.
Un largo tiempo nos volverá a separar, ya que tardaré en volver a abrazar ese cuerpo tuyo de musa de antologías.
Por eso, aquí me tienes tomando el último autobús para marchar, viéndote llorar al fondo de esa calle; la cual vio nacer un amor y un trimestre después, el comienzo del adiós…
Tony

El comienzo del adiós by Antonio Simón Jiménez is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License.
lunes, 9 de agosto de 2010
Último Encuentro
Saludos a todos en un día más :)
Hoy os traigo este otro mini-relato dedicado a la muerte... Espero que os guste ;)
Andando por oscuros bosques; aparentemente no sigo un rumbo fijo, pero algo dentro de mí, una maldición impuesta por los dioses, me llevaba a otro encuentro.
Mi capa blanca se elevaba por la brisa que en aquellos lares deambulaba, y por consecuencia, me acariciaba mi frío y blanquecino rostro, llenándome mis pulmones de diversos olores.
Por una mezcla de instinto y una leve alegría, mi mano libre intentaba en vano coger un poco de esa corriente… Sabía que era imposible, pero intentaba salir de mi pesadilla.
Caminando, sin quererlo, llegué a mi meta. El lugar no era más que un claro de ese bosque, ocupado por un tronco tumbado y a su lado un hombre sentado medio erguido.
Tenía una apariencia algo paupérrima, estaba desorientado y muy afligido.
– Saludos.
– ¿Quién eres? –preguntó abriendo los ojos atemorizado.
– Soy una simple mensajera –respondí con calma–. ¿Puedo saber vuestro nombre?
– Me llamo Juan Carlos –seguía atemorizado– ¿Qué ha pasado?
– ¿Perdón? –fingí interés.
– Estaba paseando, cuando me asaltaron unos bandidos para atracarme, me resistí y entonces me asestaron una puñalada –tristemente, se buscaba la supuesta herida sin éxito–. Pero como veis, no tengo nada; y mucho menos, siento dolor.
– ¡Vaya! –continuaba interpretando.
– Pero no puedo levantarme; o sea, ni tan siquiera moverme mucho.
– ¿No has pensado en pedir ayuda?
– La gente pasa de mí. Grité durante mucho tiempo… –instantáneamente se quedó un momento parado.
– ¿Qué os pasa?
– Llamadme loco, pero he perdido la noción del tiempo, de los días… No distingo bien si es de noche o de día.
– ¿En serio? –no sé si se noto un poco mi ironía, pero Juan Carlos siguió con lo suyo.
Lo que prosiguió a esa supuesta sorpresa mía fue hipótesis sin sentido, que su supuesta mente había sacado de sus extrañas experiencias, y alguna explicación de por qué la gente parecía que no le oía, o inclusive, huía de ahí.
Y por fin, el ritual al que he sido sometida dio su comienzo con una extraordinaria oscuridad a nuestro alrededor.
El pobre desgraciado, poco observador, empezó a llamarle la atención que mi mano izquierda siempre mantenía una extraña forma, como si sujetase algo.
– ¿Qué ocurre? –chilló asustado, buscando una respuesta que aclarara sus atormentadas dudas, y llegado este momento, se la di.
– Soy Tánatos y he venido a por ti.
– ¡No es posible! –Vociferó entre sollozos– No he muerto.
– ¿Por qué te crees que la gente no te socorría? –Alcé mi dulce vocecilla en un estridente y ensordecedor grito–. Porque tan solo oían las lamentaciones de un espíritu.
– Pero…
– ¿Y lo de no poder moverte? –Le interrumpí aún chillando– ¿La pérdida del sentido del tiempo y del dolor?
Cerró sus ojos inundados en sus penas, mientras que en mi mano portadora aparecía algo.
Una guadaña vieja, con su hoja oxidada, pero con un filo haciendo una curva perfecta; y su mango de madera sin cuidar, pero resistente; amenazaba ahora al triste hombrecillo.
– Esta guadaña, que se me ha entregado como recuerdo de mí sino, marcará ahora el final del tuyo.
– Que sea rápido –se resignó limpiándose sus lágrimas.
– Recuerda esto como nuestro último encuentro.
Cuando la punta tocó a Juan Carlos, este desapareció, al igual que toda la oscuridad, y nuevamente el aire del bosque volvió a mecerme los pocos mechones de pelos que sobresalían de mi capucha.
Introduje mi mano libre en el interior de mis vestimentas y saqué un reloj de arena, el cual nuevamente se había llenado, e instantáneamente, volvió a empezar la cuenta atrás, guiándome a otro desafortunado encuentro.
Pero ahora la que se resiente soy yo… Como siempre, vuelvo a llorar… Yo nunca elegí este poder, yo nunca quise ser la muerte…
Tony...
Obra protegida por Creative Commons
Hoy os traigo este otro mini-relato dedicado a la muerte... Espero que os guste ;)
Andando por oscuros bosques; aparentemente no sigo un rumbo fijo, pero algo dentro de mí, una maldición impuesta por los dioses, me llevaba a otro encuentro.
Mi capa blanca se elevaba por la brisa que en aquellos lares deambulaba, y por consecuencia, me acariciaba mi frío y blanquecino rostro, llenándome mis pulmones de diversos olores.
Por una mezcla de instinto y una leve alegría, mi mano libre intentaba en vano coger un poco de esa corriente… Sabía que era imposible, pero intentaba salir de mi pesadilla.
Caminando, sin quererlo, llegué a mi meta. El lugar no era más que un claro de ese bosque, ocupado por un tronco tumbado y a su lado un hombre sentado medio erguido.
Tenía una apariencia algo paupérrima, estaba desorientado y muy afligido.
– Saludos.
– ¿Quién eres? –preguntó abriendo los ojos atemorizado.
– Soy una simple mensajera –respondí con calma–. ¿Puedo saber vuestro nombre?
– Me llamo Juan Carlos –seguía atemorizado– ¿Qué ha pasado?
– ¿Perdón? –fingí interés.
– Estaba paseando, cuando me asaltaron unos bandidos para atracarme, me resistí y entonces me asestaron una puñalada –tristemente, se buscaba la supuesta herida sin éxito–. Pero como veis, no tengo nada; y mucho menos, siento dolor.
– ¡Vaya! –continuaba interpretando.
– Pero no puedo levantarme; o sea, ni tan siquiera moverme mucho.
– ¿No has pensado en pedir ayuda?
– La gente pasa de mí. Grité durante mucho tiempo… –instantáneamente se quedó un momento parado.
– ¿Qué os pasa?
– Llamadme loco, pero he perdido la noción del tiempo, de los días… No distingo bien si es de noche o de día.
– ¿En serio? –no sé si se noto un poco mi ironía, pero Juan Carlos siguió con lo suyo.
Lo que prosiguió a esa supuesta sorpresa mía fue hipótesis sin sentido, que su supuesta mente había sacado de sus extrañas experiencias, y alguna explicación de por qué la gente parecía que no le oía, o inclusive, huía de ahí.
Y por fin, el ritual al que he sido sometida dio su comienzo con una extraordinaria oscuridad a nuestro alrededor.
El pobre desgraciado, poco observador, empezó a llamarle la atención que mi mano izquierda siempre mantenía una extraña forma, como si sujetase algo.
– ¿Qué ocurre? –chilló asustado, buscando una respuesta que aclarara sus atormentadas dudas, y llegado este momento, se la di.
– Soy Tánatos y he venido a por ti.
– ¡No es posible! –Vociferó entre sollozos– No he muerto.
– ¿Por qué te crees que la gente no te socorría? –Alcé mi dulce vocecilla en un estridente y ensordecedor grito–. Porque tan solo oían las lamentaciones de un espíritu.
– Pero…
– ¿Y lo de no poder moverte? –Le interrumpí aún chillando– ¿La pérdida del sentido del tiempo y del dolor?
Cerró sus ojos inundados en sus penas, mientras que en mi mano portadora aparecía algo.
Una guadaña vieja, con su hoja oxidada, pero con un filo haciendo una curva perfecta; y su mango de madera sin cuidar, pero resistente; amenazaba ahora al triste hombrecillo.
– Esta guadaña, que se me ha entregado como recuerdo de mí sino, marcará ahora el final del tuyo.
– Que sea rápido –se resignó limpiándose sus lágrimas.
– Recuerda esto como nuestro último encuentro.
Cuando la punta tocó a Juan Carlos, este desapareció, al igual que toda la oscuridad, y nuevamente el aire del bosque volvió a mecerme los pocos mechones de pelos que sobresalían de mi capucha.
Introduje mi mano libre en el interior de mis vestimentas y saqué un reloj de arena, el cual nuevamente se había llenado, e instantáneamente, volvió a empezar la cuenta atrás, guiándome a otro desafortunado encuentro.
Pero ahora la que se resiente soy yo… Como siempre, vuelvo a llorar… Yo nunca elegí este poder, yo nunca quise ser la muerte…
Tony...
Obra protegida por Creative Commons
domingo, 1 de agosto de 2010
Una Noche
Saludos, aquí tenéis el mini-relato de esta semana. Es uno ya expuesto en la red social Tuenti y de la anterior Web, pero aún así, espero que si la otra vez os gusto, aún lo sigua haciendo. Y las personas que no sabían de su existencia, espero que le guardéis un hueco en vuestros corazones.
Gracias.
Era de noche… Conduciendo en mi coche… No escucho nada, no tengo ganas, tan solo quiero terminar ya, para así llegar y poder descansar, después de un día duro en esta estúpida sociedad.
Los faros de mi coche iluminan un camino, el mismo desde hacía veinte años, las mismas presiones, problemas y líos. Todo lo que pido es descansar ya.
La cruz que cuelga del espejo superior me observa, mientras se mueve de un lado para otro; dame fuerzas padre. Esta misiva que me has otorgado, me está costando mucho, por eso corro.
Era de noche, una noche muy fría, una noche veraniega muy fría. ¿Quién me lo iba a decir? Me gustaría encender la calefacción del coche, pero mis manos no deben separarse del volante… Total, ya falta poco.
Cristo se cayó de su cruz… Tal vez, se fue ya al paraíso, qué más da, esos giros bruscos de antes me han dejado muy mareado… ¿Cuánto hace de eso?
Veo luces al fondo, ¿y las luces de mi vehículo? Total, ya tengo sueño, ya no veo muy bien, pero ya estoy cerca de mi destino.
Alguien me golpea el hombro izquierdo, me quiere sacar, ¿para qué? No escucho nada…
Alguien me golpea el hombro derecho, mis ojos divisan a un señor tapado con una toga que me ofrece su mano, a la vez, señala hacia una luz intensa.
Uno parece preocupado, el otro me sonríe; uno me da dolor, el hombre gloria.
Mi corazón decidió por mí, pero no le reprocho nada. No me sentaré a la derecha de ese hombre, pues lo único que no me perdonaré jamás, es que perdí a una familia…
Tony.
Gracias.
Era de noche… Conduciendo en mi coche… No escucho nada, no tengo ganas, tan solo quiero terminar ya, para así llegar y poder descansar, después de un día duro en esta estúpida sociedad.
Los faros de mi coche iluminan un camino, el mismo desde hacía veinte años, las mismas presiones, problemas y líos. Todo lo que pido es descansar ya.
La cruz que cuelga del espejo superior me observa, mientras se mueve de un lado para otro; dame fuerzas padre. Esta misiva que me has otorgado, me está costando mucho, por eso corro.
Era de noche, una noche muy fría, una noche veraniega muy fría. ¿Quién me lo iba a decir? Me gustaría encender la calefacción del coche, pero mis manos no deben separarse del volante… Total, ya falta poco.
Cristo se cayó de su cruz… Tal vez, se fue ya al paraíso, qué más da, esos giros bruscos de antes me han dejado muy mareado… ¿Cuánto hace de eso?
Veo luces al fondo, ¿y las luces de mi vehículo? Total, ya tengo sueño, ya no veo muy bien, pero ya estoy cerca de mi destino.
Alguien me golpea el hombro izquierdo, me quiere sacar, ¿para qué? No escucho nada…
Alguien me golpea el hombro derecho, mis ojos divisan a un señor tapado con una toga que me ofrece su mano, a la vez, señala hacia una luz intensa.
Uno parece preocupado, el otro me sonríe; uno me da dolor, el hombre gloria.
Mi corazón decidió por mí, pero no le reprocho nada. No me sentaré a la derecha de ese hombre, pues lo único que no me perdonaré jamás, es que perdí a una familia…
Tony.
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